domingo, abril 23, 2006

Anotaciones de una libreta negra (XVII)

El hombre sin lastre de personalidad es centrifugado fuera del centro de gravedad. Así en el lenguaje: el sustantivo personal ha cedido su espacio al concepto «recursos humanos». El hombre actual es como el carbón: una masa inerte de la cual conviene hacer acopio por la cuantiosa energía que encierra en sí, salvo que se trata de una energía latente e inerme: para desencadenarla es necesario un fulminante cuyo poder consumirá al sujeto cuando se tenga necesidad de él. De ahí el interés por aniquilar su capacidad de conciencia, de pensamiento propio. El más alto grado de sociedad ha conducido al ser humano a su propia autoalienación.

Anotaciones de una libreta negra (XVI)

La ausencia de ideales han conducido al hombre a un punto en el cual el aliento vital se mide por latidos. En la incertidumbre lo único cierto, pero no por ello menos inaprensible- es el instante.

Anotaciones de una libreta negra (XV)

Uno de los encantos de la historia es que, en ocasiones, encontramos en ella épocas en las cuales nos habría gustado vivir. Poder no ya elegir, sino determinar un destino en cierta medida es un ansia de abrirse camino con el mínimo esfuerzo, pero también revela la frustración por descubrir que, en todo o en parte. el ser, la personalidad, no se adecúa al tiempo que le ha correspondido en suerte.

Anotaciones de una libreta negra (XIV)

El aprendizaje de la vida debe suponer goce. Tal visión es la que da sentido a la expresión «No saber vivir». Quien no ha desarrollado sus cualidades, aún en la adversidad, es un inválido: el anquilosamiento de la praxis revela ignorancia.

sábado, abril 22, 2006

Anotaciones de una libreta negra. (XIII)

Alguien me dijo una vez que nuetras ficciones salen de la realidad. A mi me gustaría que las realidades salieran de nuestras ficciones, sobre todo porque de esta manera se revelaría un impulso vital, una voluntad constructiva que, de otra manera, queda en una mera transcripción de nuestros sucesos.

Anotaciones de una libreta negra. (XII)

Espiar es informarse, pero no saber. Es tiempo de espiar porque es tiempo de vacío. Hay un ansia de nadar pero también de guardar la ropa: de estar atento sin sentir, de oír sin escuchar, de ojear sin ver, catar sin paladear, de rozar sin palpar. El universo parece estar sumido en un abismo de timidez donde lo lejano se acepta mientras que la proximidad de todo compromiso resulta gravosa carga. Comprendemos sin comprometernos y sólo nos damos cuenta de ello cuando de súbito somos nosotros quienes estamos en el vórtice del maëlstrom y descubrimos la indiferencia que nos rodea, el solitario anonimato en el cual se desenvuelve el ovillo de la existencia.

En torno a unas imágenes de Tom Wesselmann

Mi Aita, como escribí en otro momento, me inculcó el gusto por la pintura y la música, pero no a comprenderlas. Así que al igual que un día decidí que ya era hora de aproximarme a otras literaturas distintas a las escritas en castellano, o ir más allá de la familia Strauss –sin dejar por ello de escuchar el Concierto de Año Nuevo-; en un determinado momento, por influencia de una buena amiga, tomé la determinación de adentrarme en mi desierto de la pintura y lo hice sin seguir sendas trazadas, dejándome llevar por el instinto, por el placer que me reportasen las imágenes a mis sentidos.
Los mares están plagados de costas ignotas a las que nadie arribaría si las tormentas o vientos inesperados no condujeran los navíos hasta ellas Mas presintiendo que vuelvo a irme por los cerros de Úbeda diré que un buen día me imprimí la lista de una de esas galerías virtuales y durante los meses siguientes me dediqué a ojear sus creaciones. A menudo daba con genuinas islas Desolación pero otras arribaba a seductores paraísos. Tom Wesselmann, de quien nunca oyera antes hablar, figuraría entre estos últimos. Sus desnudos me atrajeron en seguida y entre todos ellos, en verdad éste llegó a fascinarme.



Durante días lo miraba, deleitándome en esos gruesos trazos que esbozaban la forma pero sin definirla. Individualizarla era una misión destinada a la imaginación del espectador, del catante. No negaré que en la práctica entraban en juego otros factores y que al pugnar por revelarme esa belleza unas veces tiraba por la senda del anhelo y otras por la de la evocación. El dilema llegó a tornarse obsesión, y en un principio me decidí a afrontarla siguiendo mi tradicional estrategia de ataque: escribir. Sólo más tarde, al experimentar con el tratamiento de imágenes, me dejé llevar por la tentación visual. Es, lo reconozco, un juego de niños, una simpleza donde la ingenuidad ha dejado paso a la torpeza. No he conseguido gran cosa, como puede verse por el ejemplo adjunto, donde el rostro de la mujer se ha masculinizado, con un cierto aire a Freddie Mercury;

pero sigo jugando a Pigmalion y me gusta volver una y otra vez a tratar de dar rostro a este cuerpo, como si con ello fuera a arrebatarle su enigma.
Lo bueno de Wesselmann es que permite jugar la variante inversa, no obstante ésta resulta menos atractiva,


-como pueden apreciarse los resultados- basta con una simple goma de borrar para eliminar una personalidad:

Lo que queda, curiosamente no es un enigma, sino un vacío, un hueco. Aunque presiento que estas apreciaciones sean fruto de la perspectiva del transformista y no del resultado final de la transformación.

Anotaciones de una libreta negra. (XI)

Cubrir.- Al aspecto erótico de este verbo le sobreviene un matiz espiritual. En la consumación del acto amoroso se alcanza un vacío estático pero también se hace referencia al espacio de una sola carne, donde el espíritu se fragmenta en infinitos pedazos agotados, carentes de sentido, ridículos e importunos que se tratan de ocultar de la mejor manera posible, a semejanza de lo que se hace con las sabanas para resguardar el mobiliario de una casa abandonada

viernes, abril 21, 2006

Anotaciones de una libreta negra. (X)

Cada vez, en mayor medida la esencia de la novela centrifuga su carácter. Ha dejado de ser algo creativo para tornarse reflexiva. A este paso la vida se convertirá en el espejo donde la novela se refleja y nada sucederá de verás.

jueves, abril 20, 2006

Anotaciones de una libreta negra. (IX)

Quizás la imaginación no debiera estar exenta de ingenuidad.

miércoles, abril 19, 2006

Una introducción que se convirtió en evocación

Mi Aita, imagino que influenciado por los cientos de cantos de sirena que pregonaban a los cuatro vientos lo bien que yo dibujaba por entonces -habilidad que, sin en verdad tuve alguna vez, extravié al dejarla en barbecho- solía llevarme de pequeño a visitar el Prado. Cuanto recuerdo de aquellas visitas es una sensación plena de soledad, de poder vagabundear por las salas libre de toda atadura. Su presencia sólo se hacía sentir para susurrarme una amonestación cortante que pretendía evitar que cayera en la tentación de tocar las pinturas o, si pasaba de largo, reseñarme la importancia de tal cuadro o cual autor, aunque mucho me temo lo hacía más para acrecentar mi educación que por un conocimiento intrínseco de las razones que justificasen su importancia.
A veces pienso que a Aita le debía entretener sobremanera intuir mi crecimiento –no sin inquietud-, seguir mis pasos, ver dónde el placer o la repulsión hacían que me detuviera y dónde pasaba de largo. Lamentablemente se fue demasiado pronto. Se fue siendo un extraño, sin llegar a ver los frutos de su amor paterno: savia cargada de ternura que fluía bajo su corteza de severidad. Marchó antes que mi entendimiento lograse comprender el cariño prodigado. Sólo con el tiempo, mientras el nuevo retoño florecía, el abismo de su ausencia fue cobrando su insondable dimensión.

martes, abril 18, 2006

Anotaciones de una libreta negra. (VIII)

Cuando un hombre se cuestiona si la vida ha cambiado tanto que le resulta extraña puede que se esté haciendo mayor, pero también que esté perdiendo el control de su existencia.

viernes, abril 14, 2006

Evocación de una lectura.

Al abrigo del monte Buciero entre los fecundos humedales de la desembocadura del río Asón, que aquí ya es ría, y frente al irreconocible diente de tiburón que es la playa de Laredo, se recoge la villa cántabra de Santoña. Esta conjunción de peñas y médanos hoy mitigado por la civilización, debió ser antaño un paraje inhóspito, hostil, pero como Dios aprieta pero no ahoga, ofrecía al mismo tiempo un seguro abrigo para los navíos en una costa que no anda muy sobrada de ellos. Sin tener tierra para expandirse, Santoña se recogió sobre sí misma y se tornó sobria villa marinera. Como prueba de esa vocación aquí se rinde homenaje –sin grandes alharacas- a sus hijos: el cartógrafo Juan de la Cosa y al almirante, antes que político, Luis Carrero Blanco. De ahí que su mayor encanto sean los olores a salmuera y salazón –de reconocida fama aún cuando a veces la materia prima sea escasa- que le impregna a uno.
Pero si la mar, aunque siempre cicatera, no dejaba de prodigar sus frutos, la tierra seguía siendo inhóspita. Consciente de ello alguna mente lúcida tuvo la ocurrencia de ver en aquella llanada entre la Peña del Aguila y la playa de Berria, que conforma el istmo por donde transcurría el camino que la unía con el mundo –pues Santoña es en realidad una península-, el lugar ideal para instalar un presidio cuyo nombre estaba llamado a figurar entre los de más renombre de su calaña. Si me preguntan porqué no sabré responder, aunque dudo que entre sus motivos figure alguno que pueda servir para decir cosa buena de la naturaleza humana. Basta con hacer la prueba y pensar en nombres de penales y luego evocar las razones por las cuales los conocemos. Lo más seguro es que descubramos que todos ellos van unidos a imágenes de horror y espanto.
Los muros del El Dueso, pues tal es el nombre del penal, se yerguen a la derecha de la carretera saliendo de la villa. Su piedra no sólo es gruesa, sino que se eleva a tal altura que ocultaría a la vista cuanto sucede en su interior, de no ser por la verja que franquea el acceso. Desde ella puede contemplarse la verde colina y la carretera que, retrepándose a través de ella, conduce a las moles decimonónicas que constituyen la cárcel en sí. Con todo, gracias a esa verde espaciosidad, la visión no deja de tener algo de bucólico.
Si uno sigue bordeando sus muros, cuando éstos tracen un ángulo a la derecha se apartará de la general y tomará el camino que conduce hasta el faro del Pescador. Aquí, en verano, está el camping de Berria cuya playa, en pleno mar abierto, es una de las más peligrosas del litoral cantábrico Los vientos baten aquí con furia y prueba de ello es la copa de un árbol alineado al borde del camino que, sin refugio alguno, se ha ido curvando bajo su empuje hasta casi tender un puente que parece buscar apoyo en los muros de la cárcel. Tras él hay un pequeño cementerio que siempre he encontrado cerrado. Sólo es una suposición aventurada creerlo el camposanto del El Dueso, lo cual sólo añade una nota de turbio romanticismo al gusto por reposar aquí bajo una lápida enmohecida a causa del salitre, mientras la eternidad de mi sueño es mecida por el rumor sin fin de las olas.
Una vez se deja atrás el cementerio, el asfalto se va empinando y trepa serpenteando por las faldas del monte. Sólo que, antes de adentrarse en los bucólicos pinares y eucaliptos que sobre los acantilados conducen hasta el faro; a quien por allí se encuentra le es dado contemplar la cara oculta del presidio: Bajo la atenta mirada de los números de la Guardia Civil que montan guardia en las torres que aquí y acullá se yerguen estratégicamente en los muros, los reos, reducidos por la distancia a hormigas, deambulan por los patios. Sus voces llegan incomprensibles, confundidas entre una megafonía seca y amenazadora, y la algarabía, extramuros, de los veraneantes que, ajenos al penar que acontece a sus espaldas, gozan de un hermoso día de verano.
No suelo detenerme nunca en ese tramo del camino por mucho que desee tomarme un respiro, fatigado como voy por la conjunción de la pendiente, la edad, el tabaco, la calor y el camino ya recorrido. No, sigo andando, tratando de no caer en la tentación de dejarme atrapar por la atracción de ese abismo cuya contemplación tiene algo de morbosa y vergonzante intromisión, de hundimiento en un pozo sin fondo.
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«Sin embargo el milagro se produjo.
A través del respiradero entraron el vagón los sonidos de la vida: risas, voces de niños, el rumor del agua.»
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«Se advertía el olor del mar próximo. Me sentí poseída de un deseo casi invencible de tenderme de bruces en el suelo, de extender los brazos y desaparecer, disolverme en el espacio azulísimo, perfumado de yodo.»
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Sigo leyendo «El Vértigo» de Evgenia Ginzburg, de donde he extraído las dos citas anteriores desencadenantes de estos recuerdos. Avanzo en la lectura a marchas forzadas, deseando llegar a esa página ochocientas cincuenta y tantas para que el tiempo corra más rápido y, cumplida al fin la condena, ambos podamos liberarnos de esta pesadilla y perdernos en la contemplación del océano.