sábado, abril 22, 2006

En torno a unas imágenes de Tom Wesselmann

Mi Aita, como escribí en otro momento, me inculcó el gusto por la pintura y la música, pero no a comprenderlas. Así que al igual que un día decidí que ya era hora de aproximarme a otras literaturas distintas a las escritas en castellano, o ir más allá de la familia Strauss –sin dejar por ello de escuchar el Concierto de Año Nuevo-; en un determinado momento, por influencia de una buena amiga, tomé la determinación de adentrarme en mi desierto de la pintura y lo hice sin seguir sendas trazadas, dejándome llevar por el instinto, por el placer que me reportasen las imágenes a mis sentidos.
Los mares están plagados de costas ignotas a las que nadie arribaría si las tormentas o vientos inesperados no condujeran los navíos hasta ellas Mas presintiendo que vuelvo a irme por los cerros de Úbeda diré que un buen día me imprimí la lista de una de esas galerías virtuales y durante los meses siguientes me dediqué a ojear sus creaciones. A menudo daba con genuinas islas Desolación pero otras arribaba a seductores paraísos. Tom Wesselmann, de quien nunca oyera antes hablar, figuraría entre estos últimos. Sus desnudos me atrajeron en seguida y entre todos ellos, en verdad éste llegó a fascinarme.



Durante días lo miraba, deleitándome en esos gruesos trazos que esbozaban la forma pero sin definirla. Individualizarla era una misión destinada a la imaginación del espectador, del catante. No negaré que en la práctica entraban en juego otros factores y que al pugnar por revelarme esa belleza unas veces tiraba por la senda del anhelo y otras por la de la evocación. El dilema llegó a tornarse obsesión, y en un principio me decidí a afrontarla siguiendo mi tradicional estrategia de ataque: escribir. Sólo más tarde, al experimentar con el tratamiento de imágenes, me dejé llevar por la tentación visual. Es, lo reconozco, un juego de niños, una simpleza donde la ingenuidad ha dejado paso a la torpeza. No he conseguido gran cosa, como puede verse por el ejemplo adjunto, donde el rostro de la mujer se ha masculinizado, con un cierto aire a Freddie Mercury;

pero sigo jugando a Pigmalion y me gusta volver una y otra vez a tratar de dar rostro a este cuerpo, como si con ello fuera a arrebatarle su enigma.
Lo bueno de Wesselmann es que permite jugar la variante inversa, no obstante ésta resulta menos atractiva,


-como pueden apreciarse los resultados- basta con una simple goma de borrar para eliminar una personalidad:

Lo que queda, curiosamente no es un enigma, sino un vacío, un hueco. Aunque presiento que estas apreciaciones sean fruto de la perspectiva del transformista y no del resultado final de la transformación.