viernes, abril 14, 2006

Evocación de una lectura.

Al abrigo del monte Buciero entre los fecundos humedales de la desembocadura del río Asón, que aquí ya es ría, y frente al irreconocible diente de tiburón que es la playa de Laredo, se recoge la villa cántabra de Santoña. Esta conjunción de peñas y médanos hoy mitigado por la civilización, debió ser antaño un paraje inhóspito, hostil, pero como Dios aprieta pero no ahoga, ofrecía al mismo tiempo un seguro abrigo para los navíos en una costa que no anda muy sobrada de ellos. Sin tener tierra para expandirse, Santoña se recogió sobre sí misma y se tornó sobria villa marinera. Como prueba de esa vocación aquí se rinde homenaje –sin grandes alharacas- a sus hijos: el cartógrafo Juan de la Cosa y al almirante, antes que político, Luis Carrero Blanco. De ahí que su mayor encanto sean los olores a salmuera y salazón –de reconocida fama aún cuando a veces la materia prima sea escasa- que le impregna a uno.
Pero si la mar, aunque siempre cicatera, no dejaba de prodigar sus frutos, la tierra seguía siendo inhóspita. Consciente de ello alguna mente lúcida tuvo la ocurrencia de ver en aquella llanada entre la Peña del Aguila y la playa de Berria, que conforma el istmo por donde transcurría el camino que la unía con el mundo –pues Santoña es en realidad una península-, el lugar ideal para instalar un presidio cuyo nombre estaba llamado a figurar entre los de más renombre de su calaña. Si me preguntan porqué no sabré responder, aunque dudo que entre sus motivos figure alguno que pueda servir para decir cosa buena de la naturaleza humana. Basta con hacer la prueba y pensar en nombres de penales y luego evocar las razones por las cuales los conocemos. Lo más seguro es que descubramos que todos ellos van unidos a imágenes de horror y espanto.
Los muros del El Dueso, pues tal es el nombre del penal, se yerguen a la derecha de la carretera saliendo de la villa. Su piedra no sólo es gruesa, sino que se eleva a tal altura que ocultaría a la vista cuanto sucede en su interior, de no ser por la verja que franquea el acceso. Desde ella puede contemplarse la verde colina y la carretera que, retrepándose a través de ella, conduce a las moles decimonónicas que constituyen la cárcel en sí. Con todo, gracias a esa verde espaciosidad, la visión no deja de tener algo de bucólico.
Si uno sigue bordeando sus muros, cuando éstos tracen un ángulo a la derecha se apartará de la general y tomará el camino que conduce hasta el faro del Pescador. Aquí, en verano, está el camping de Berria cuya playa, en pleno mar abierto, es una de las más peligrosas del litoral cantábrico Los vientos baten aquí con furia y prueba de ello es la copa de un árbol alineado al borde del camino que, sin refugio alguno, se ha ido curvando bajo su empuje hasta casi tender un puente que parece buscar apoyo en los muros de la cárcel. Tras él hay un pequeño cementerio que siempre he encontrado cerrado. Sólo es una suposición aventurada creerlo el camposanto del El Dueso, lo cual sólo añade una nota de turbio romanticismo al gusto por reposar aquí bajo una lápida enmohecida a causa del salitre, mientras la eternidad de mi sueño es mecida por el rumor sin fin de las olas.
Una vez se deja atrás el cementerio, el asfalto se va empinando y trepa serpenteando por las faldas del monte. Sólo que, antes de adentrarse en los bucólicos pinares y eucaliptos que sobre los acantilados conducen hasta el faro; a quien por allí se encuentra le es dado contemplar la cara oculta del presidio: Bajo la atenta mirada de los números de la Guardia Civil que montan guardia en las torres que aquí y acullá se yerguen estratégicamente en los muros, los reos, reducidos por la distancia a hormigas, deambulan por los patios. Sus voces llegan incomprensibles, confundidas entre una megafonía seca y amenazadora, y la algarabía, extramuros, de los veraneantes que, ajenos al penar que acontece a sus espaldas, gozan de un hermoso día de verano.
No suelo detenerme nunca en ese tramo del camino por mucho que desee tomarme un respiro, fatigado como voy por la conjunción de la pendiente, la edad, el tabaco, la calor y el camino ya recorrido. No, sigo andando, tratando de no caer en la tentación de dejarme atrapar por la atracción de ese abismo cuya contemplación tiene algo de morbosa y vergonzante intromisión, de hundimiento en un pozo sin fondo.
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«Sin embargo el milagro se produjo.
A través del respiradero entraron el vagón los sonidos de la vida: risas, voces de niños, el rumor del agua.»
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«Se advertía el olor del mar próximo. Me sentí poseída de un deseo casi invencible de tenderme de bruces en el suelo, de extender los brazos y desaparecer, disolverme en el espacio azulísimo, perfumado de yodo.»
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Sigo leyendo «El Vértigo» de Evgenia Ginzburg, de donde he extraído las dos citas anteriores desencadenantes de estos recuerdos. Avanzo en la lectura a marchas forzadas, deseando llegar a esa página ochocientas cincuenta y tantas para que el tiempo corra más rápido y, cumplida al fin la condena, ambos podamos liberarnos de esta pesadilla y perdernos en la contemplación del océano.