miércoles, abril 19, 2006

Una introducción que se convirtió en evocación

Mi Aita, imagino que influenciado por los cientos de cantos de sirena que pregonaban a los cuatro vientos lo bien que yo dibujaba por entonces -habilidad que, sin en verdad tuve alguna vez, extravié al dejarla en barbecho- solía llevarme de pequeño a visitar el Prado. Cuanto recuerdo de aquellas visitas es una sensación plena de soledad, de poder vagabundear por las salas libre de toda atadura. Su presencia sólo se hacía sentir para susurrarme una amonestación cortante que pretendía evitar que cayera en la tentación de tocar las pinturas o, si pasaba de largo, reseñarme la importancia de tal cuadro o cual autor, aunque mucho me temo lo hacía más para acrecentar mi educación que por un conocimiento intrínseco de las razones que justificasen su importancia.
A veces pienso que a Aita le debía entretener sobremanera intuir mi crecimiento –no sin inquietud-, seguir mis pasos, ver dónde el placer o la repulsión hacían que me detuviera y dónde pasaba de largo. Lamentablemente se fue demasiado pronto. Se fue siendo un extraño, sin llegar a ver los frutos de su amor paterno: savia cargada de ternura que fluía bajo su corteza de severidad. Marchó antes que mi entendimiento lograse comprender el cariño prodigado. Sólo con el tiempo, mientras el nuevo retoño florecía, el abismo de su ausencia fue cobrando su insondable dimensión.